Publiquemos Fin de semana negro

Este libro, escrito por el periodista Juan Camilo Gallego Castro, narra una masacre ocurrida en Sonsón en agosto de 1996. Quienes lo compren ahora, serán los primeros en recibirlo en su domicilio.

Juan Camilo Gallego Castro

¿Quiénes escribieron en una lista el nombre de sus víctimas? ¿Lo hicieron en una hoja en blanco arrancada de un cuaderno, en una servilleta húmeda que reposó bajo un café, acaso en el reverso de un recibo o un papel arrugado extraviado en una chaqueta? ¿Escribieron con un lápiz de punta redonda, un lapicero azul asmático o un esfero negro? ¿Sería en una estación de Policía, en una hacienda ganadera, una finca cafetera o la mesa de un billar?

Dos décadas después me pregunto por la lista que un grupo paramilitar llevó hasta Sonsón para asesinar a supuestos colaboradores de la guerrilla. Entre el sábado 24 y el martes 27 de agosto de 1996, mataron a ocho personas y atentaron contra dos más, que de forma sorpresiva sobrevivieron. Ese fue el Fin de semana negro.

Jesús María Clavijo, mayor del Batallón Granaderos del Ejército, llegó a Sonsón primero que el paramilitar Ricardo López Lora. Despejó con sus hombres la zona, abrieron el camino y se instalaron en la estación de Policía. Los paramilitares lo hicieron en la finca de un reconocido comerciante del pueblo. Al terminar, militares y paramilitares se fueron juntos.

El libro Fin de semana negro lo empecé a escribir sin escribir en el 2012 en un restaurante de comida china. La historia que escuché allí la narró una mujer con una fuerza dramática que me mantuvo mudo y estupefacto durante horas. No dejé de pensar en ese suceso en los años siguientes. Cada tanto volvía a Sonsón y buscaba los familiares de las ocho personas que murieron aquel fin de semana, como el papá de aquella mujer, y de los dos sobrevivientes.

Hasta que me sumergí por completo en esta historia. Supe entonces lo mucho que había escrito sin escribir: las decenas de entrevistas, los recortes de prensa, las hipótesis que luego confirmé, las que no comprobé. Decidí que no debía ser el narrador de esta historia, aunque mis manos estén detrás del telón, y que serían los familiares, amigos y testigos las voces, el drama mismo, el recuerdo suspendido en un fin de semana.

Sé que nadie regresará a pesar de escribir este libro con decenas de personas. Nadie será carne, nadie será músculo de nuevo. No se puede, no es posible.

Fin de semana negro es un antídoto contra la impunidad de más de dos décadas. No se trata solo de la muerte de ocho personas y de la fortuna de dos sobrevivientes. La muerte no puede opacar los sentimientos y los afectos de las familias. No podemos quedarnos solo con la imagen lúgubre y dolorosa de la bala y el cuerpo mustio, aunque así lo parezca. Fin de semana negro es un relato de la vida y de la muerte, de los amores, de los dolores que vinieron después; son diez vidas desde la perspectiva de sus familias, de los hijos huérfanos, de las mujeres viudas, de los amigos que extrañan, de los que aún lloran y se muerden la vida con solo relatarlo de nuevo.

El Fin de semana negro ocurrió y no es solo una lista.

Y no solo es Sonsón

Todo comenzó a partir de un encuentro en Manantiales, una finca de Girardota, a pocos kilómetros de Medellín. Un grupo de comerciantes y finqueros del Oriente visitaron al paramilitar Vicente Castaño Gil y le solicitaron, como diría en una sentencia la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Medellín,  que creara un grupo paramilitar en la región, que ellos lo financiaban y por eso es que en los primeros meses de 1996 llegó el Frente Oriente Antioqueño de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), lideradas por Ricardo López Lora, conocido como La Marrana.

No solo se encargaron de matar supuestos colaboradores guerrilleros y de combatir las guerrillas Farc, ELN y EPL, sino que hicieron la mal llamada limpieza social. Con solo mirar las cifras del Observatorio de Memoria y Conflicto es fácil apreciar cómo aumentaron los asesinatos selectivos en la región. Entre 1995 y 1996, año en el que hicieron su base en La Ceja, y desde donde coordinaron sus operaciones para el resto del Oriente, es posible identificar que los asesinatos selectivos aumentaron un 30%. Sin embargo, si se mira con lupa algunos de los municipios en los que hicieron presencia permanente, se evidencia que solo en esos años los asesinatos selectivos aumentaron en La Ceja (173%), El Carmen de Viboral (218%) y La Unión (750%), por poner unos pocos ejemplos.

Pero los paramilitares no actuaron solos. Suficiente evidencia existe sobre su relación criminal con la Convivir Oriente Antioqueño o Cantarrana, el Ejército y policías de La Ceja, La Unión, El Carmen, Rionegro, Cocorná, El Santuario, Marinilla, El Retiro y Guarne.

Si el Fin de semana negro enlutó a Sonsón, fue el primer gran dolor que los paramilitares de las ACCU cometieron en el Oriente antioqueño.

Y ese, fue solo el comienzo.

Para comprar un ejemplar del libro

El periodista Juan Camilo Gallego Castro está vendiendo su libro Fin de semana negro de manera adelantada. Con este dinero pagará el proceso editorial de su investigación. Quienes lo adquieran previamente, serán los primeros en recibir un ejemplar en su domicilio, acompañado de un obsequio. Para comprarlo, lo puede hacer en https://vaki.co/vaki/findesemananegro o a través de una transferencia bancaria por 45 mil pesos a la cuenta de ahorros Bancolombia 30950469575. Luego de esto envía el comprobante al teléfono 3218673623.

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