Nada como el amor del padre

Por: María Isabel Franco Ospina. Comunicación social UCO, Isabel.ospina9802@hotmail.com

No sé si es la cultura paisa o en sí el contexto colombiano el que ha puesto al padre como la persona de la familia menos sentimental, el que no nos comprende como las madres y que se la pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa. Es el hombre el que tiene que responder por la familia y si no, es un irresponsable. Recuerdo haber hablado con personas de otros países y también sienten un afecto más especial por sus madres… y es que ¿quién no va a adorar a esas mujeres que están con nosotros todos los días? que nos abrazan, nos dan consejos y nos tratan con afecto.

En nuestra niñez amamos al padre y a la madre por igual, cuando aún no hemos entrado de lleno a la sociedad donde aprendemos que a la mamá se trata con afecto y al papá con frialdad, realmente es algo aprendido, porque cuando somos niños no pensamos que el papá se la pasa todo el día fuera de casa y casi no está con nosotros, sino que cuando lo vemos corremos a abrazarlo y a disfrutar cada uno de los momentos a su lado, como lo hacemos con nuestras madres. Ya cuando empezamos a crecer y nuestro nivel de razonamiento es mayor, parece que dejamos de pensar en lo que es el amor y caemos en el error de pensar como piensa todo el mundo.

Los padres también cambian un poco cuando estamos llegando a la adolescencia, porque ya saben, está mal visto que no nos regañen, no nos reprendan y todas esas funciones que tienen que hacer por tradición, como si crecer fuera todo un ritual de prohibiciones. La iglesia establece unas normas para tratar a los hijos, la sociedad otras (en Colombia muy guiadas por el catolicismo y el cristianismo), las culturas otras, en las que tienen diferentes formas de orientar a los hijos para que sean las personas correctas o deseadas. Está bien que los padres nos den las bases, nos reprendan, formen seres humanos íntegros, nos enseñen valores, eso a nadie se le va a reprochar; sin embargo, donde nos separamos un poco como familia y se destruye el amor es cuando se siguen esas normas prácticamente al pie de la letra, que en ocasiones empiezan a regir con incoherencia –como si todas las familias fueran iguales –.

Todas las familias tienen diferentes historias, experiencias y personalidades, si todos los seres humanos somos diferentes, ahora imagínense un núcleo familiar. Estamos dejando destruir el amor por ir en la dirección que todos van, sin identificar que todas nuestras familias tienen una historia diferente y todos debemos ser tratados de acuerdo a ello, no de acuerdo a lo que dictan por ahí. El amor del padre es el que se ha visto más afectado por esta situación, es un amor totalmente subestimado y pisoteado, un amor que en pocas palabras, tratan de enseñarnos que no existe. Entonces ¿cómo darnos cuenta de ese amor a pesar de caer en el juego de la sociedad?

El amor llega de diferentes maneras, o quién dice que el amor solo es un beso, es dedicar tiempo, es llevarte a la escuela, enseñarte a escribir… sin menospreciar todas las cosas que hacen nuestras madres que son como nuestros ángeles. Pero ¿y qué es el amor? ¿Acaso no es amor dejar de pasar tiempo con los amigos para ir a trabajar y llevar comida a los hijos? Un porcentaje enorme de las personas que tienen los trabajos más duros del mundo son hombres, esos trabajos que muchos dirían que primero muertos a llegar a hacer algo así, que requieren de desgaste físico, de largas horas bajo el sol y la lluvia, que tienen riesgo de muerte, de quedar sin alguna parte del cuerpo, o quizá en estado vegetal.

Dicen que “trabajar es tan maluco que hasta pagan por hacerlo”, así que ¿quién no va a preferir pasar tiempo con sus hijos a estar trabajando? Eso es amor puro, saber que renuncian a momentos, amistades, comodidades, vernos crecer, solo porque quieren darnos lo mejor, porque la sociedad les dio el papel de ser ellos quienes lleven esa responsabilidad.

Así que tenemos que empezar a valorar más desde adentro y dejar de hacer tan latente lo impuesto por la sociedad. Dichosas las personas que toda su vida han disfrutado del amor de su padre, como la mayoría disfrutamos el de nuestras madres. Personas como Héctor Abad Faciolince, quién escribió un libro hablando de su padre como la persona de sus ojos, ese hombre excepcional, guerrero, a quién admiraba por la labor que tenía con las personas y aunque no pasaba todo el día con él, apreciaba cuando podía disfrutar de su presencia.  Leer “El olvido que seremos”, genera miles de sensaciones cuando te das cuenta cómo es movido el corazón de un hijo, que ha sido consiente que el amor de su padre sí existe.

Así que es nuestro reto como hijos aprender a descifrar ese sentimiento, aunque lo hayamos dejado de percibir durante mucho tiempo y existan barreras. A ese hombre que trabaja arduamente todos los días para darme lo que necesito, mil gracias. Espero aprender a apreciar su amor y disfrutarlo nuevamente en el poco tiempo que nos queda.

 

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