Doña Javiera Londoño, la transgresora de la Colonia

“Les doy libertad en toda forma de derecho para que hagan cuanto las personas libres y no sujetas a esclavitud pueden y deben hacer”. Testamento Javiera Londoño y Zapata 1757

Felipe Osorio Vergara

 

Casi medio siglo antes de que se dieran los primeros pasos para la abolición de la esclavitud en Antioquia, y precediendo en 150 años la Declaración Universal de los Derechos Humanos, doña Javiera Londoño protagonizó la primera liberación masiva de esclavos y esclavas en Colombia y, quizá, en todo el hemisferio occidental. Ella es también símbolo de determinación femenina en un período de fuerte dominio patriarcal y eclesiástico.

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El 24 de abril de 1696 Javiera Londoño y Zapata llegó al mundo. Su alumbramiento se produjo en la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, un pequeño poblado fundado 21 años antes en el corazón del valle de Aburrá. Era hija legítima del general español Juan de Londoño y de la dama criolla Bárbara Zapata.

Ella, pese a ser hija de una familia noble y prestante de la Villa, no aprendió a leer ni escribir. En aquellos años de la Colonia las mujeres eran relegadas a las labores domésticas y solo se les permitía recibir instrucción religiosa. La única opción que tenían era tomar el hábito como monjas o casarse y fundar su propia familia. En ese tiempo, la Iglesia católica, como institución central de la sociedad colonial, defendía desde el púlpito la subordinación que debía tener la mujer para con el hombre.

Doña Javiera Londoño siguió la voluntad de su familia y se casó a los 19 años con el criollo Ignacio Castañeda y Atehortúa. La ceremonia se celebró en el templo de la Villa de la Candelaria el 11 de septiembre de 1715. Se desconoce si hubo algún vínculo amoroso previo entre los dos novios, lo que sí es claro es que el matrimonio entre ambos jóvenes beneficiaría a las familias ilustres de las que provenían. Era una unión arreglada.

El matrimonio durante la Colonia representaba un contrato económico que buscaba mantener las fortunas familiares de las castas distinguidas. La mujer no era titular de sus bienes, sino que requería de un tutor para que los administrase, una clara forma de violencia patrimonial.

La unión Castañeda Londoño se trasladó en 1734 de Medellín hacia el valle de San Nicolás, en el Altiplano del Oriente antioqueño. Allí eran dueños de extensas tierras que abarcaban parte de los actuales Rionegro, Marinilla, La Ceja y El Retiro. En dichos terrenos tenían hatos ganaderos y minas de oro conocidas como Aventaderos del Guarzo (actual municipio de El Retiro), que explotaban con mano de obra esclava.

Doña Javiera Londoño y su esposo vivían en una casona al costado norte del parque principal de Rionegro. De acuerdo con lo que se narra en el Archivo Arquidiocesano de esa localidad, Londoño se sentaba a la puerta de su casa en una silla a tomar chocolate y desde ahí ordenaba a sus esclavas y esclavos las tareas que debían realizar. Este hecho, aparentemente sin importancia, da cuenta de algo sin precedentes en ese período histórico. Se puede deducir que doña Javiera tomaba las decisiones y era quien administraba los negocios, demostrándose el temple que tenía, el mismo que conservaría hasta el final de sus días.

El 11 de octubre de 1757, doña Javiera y su marido decidieron hacer un testamento debido a que no habían tenido hijos. Ambos acordaron que tan pronto falleciesen se diera la libertad a sus esclavos y esclavas como agradecimiento por los servicios prestados. Don Ignacio de Castañeda falleció el 8 de septiembre de 1766 luego de una agónica enfermedad. Por tanto, doña Javiera Londoño fue la encargada de hacer cumplir el testamento.

Tras la muerte de su esposo, Londoño asentó un segundo testamento en el que hizo algunas modificaciones al primero: cedió la parte más productiva de las minas Aventaderos del Guarzo para que las libertas y los libertos pudieran subsistir, bajo promesa de que mandaran a oficiar una misa por el alma de Castañeda y de ella cada año. También donó 8 mil pesos oro (un monto considerable en su tiempo) para que fueran repartidos entre las jóvenes pobres de Llanogrande, Marinilla y Rionegro.

Primero dio libertad a 32 esclavos y esclavas, luego a 29, hasta que finalmente los liberó a todos. En total fueron 125 personas liberadas. Para Lucía González, guía del Museo de Rionegro, Javiera liberó a sus esclavos y esclavas “para que ellos pudieran tener la propiedad de decidir por sí mismos. Esta mujer, sin saber leer ni escribir, entendía que los afrodescendientes no debían ser tratados como animales, sino como personas de razón y de ser”.

La modificación del testamento original suscitó habladurías entre la élite criolla local, que buscaba hacer pasar por loca a doña Javiera para que se invalidara su testamento y poder repartirse sus bienes. Hasta el día de su muerte, el 2 de octubre de 1767, se le trató de comprobar su locura bajo todo tipo de presiones como visitas constantes para corroborar su buen juicio, chismes, y citaciones a indagatorias ante el alcalde de Rionegro.

Luego de su muerte y de diversos pleitos entre esclavos liberados, párrocos y parientes, la Real Audiencia de Santafé de Bogotá ratificó la voluntad de doña Javiera y reafirmó la libertad de los esclavos y esclavas y los títulos de tierras que les había dejado su antigua ama.

Javiera Londoño desempeñó el primer gesto libertario y defensor de la igualdad y la fraternidad en América. Ella merece figurar en todas las páginas de la historia como una pionera del movimiento antiesclavista en Colombia y América, pues fue capaz de ver en sus esclavos y esclavas a personas como ella en un momento en que se creía que ser negro o negra encarnaba el mal. Su valentía y temple para sobreponerse a los hombres que buscaban opacarla y someterla a sus intereses es mucho más valioso si se considera el período histórico en el que esta heroína existió, en el furor de la sociedad colonial, que era católica y patriarcal a ultranza. Narrar la vida de doña Javiera desde la tribuna periodística es un deber moral que se tiene con la historia y una forma de hacerle justicia a esta mujer que, consciente o no, trascendió como una precursora de los derechos humanos 22 años antes de la Revolución Francesa y en tiempos en los que ni siquiera se habían redactado los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Doña Javiera Londoño, una criolla con espíritu afro.

Placa conmemorativa ubicada en la fachada del sitio donde antes se levantaba la casa de Javiera Londoño. Costado norte del parque principal de Rionegro (Antioquia). Foto: Felipe Osorio Vergara (2019).

 

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